Edgar

“Seguiremos trabajando para promover la innovación, dando un salto institucional al crear el tan esperado ministerio de Ciencia y Tecnología, proyecto que será enviado el segundo semestre de este año”, dijo este 21 de mayo en su cuenta anual la presidenta Michelle Bachelet.

Durante varios años y gobiernos que venimos esperando esta instancia para dar el salto-país que necesitamos y así avanzar finalmente hacia el desarrollo. Los avances de Chile en los últimos treinta años son indiscutibles, pero se trata de un crecimiento hecho en una economía primaria basada en minería, agricultura, sector forestal y otros como la industria del salmón.

Llega el punto en que resulta muy difícil seguir creciendo a altas tasas y surge el desafío por aprovechar la tercera revolución del desarrollo humano, que es la del conocimiento. Las materias primas nos han servido para mantener un crecimiento importante debido a buenas políticas públicas y un buen desarrollo del emprendimiento privado en el pasado.

Ahora debemos avanzar hacia la sociedad del conocimiento: quienes no se suban rápidamente a este nuevo desafío, quedarán atrás para competir con aquellos que sí lo hagan, en un mundo cada vez más globalizado.

La tecnología está transformando el mundo y a las personas: ofrece nuevas formas de relacionarnos, trabajar y vivir, completamente diferentes a las que existían hasta hace muy poco. Sólo como ejemplo basta citar cómo internet, la banda ancha y la tecnología móvil han producido un cambio que es absolutamente radical.

Estamos pasando de una economía lineal a una economía que se comporta exponencialmente, es decir, viviremos cambios significativos cada vez en menos tiempo. Esta es una tremenda oportunidad para nuestro país, pero también es una amenaza si no reaccionamos a tiempo.

Las nuevas generaciones, particularmente “millenials”, que nacieron y crecieron en un ambiente donde la tecnología es algo absolutamente habitual y cotidiano, son las llamadas a hacer esta transformación significativa en nuestra economía, fomentando, organizando y promoviendo el uso de nuevas y más tecnologías que generen cambios disruptivos a las instituciones, empresas y personas.

A mi juicio, hoy el país vive momentos difíciles, principalmente por la confluencia de tres factores: lo primero es la situación internacional de complejidad económica y lo segundo es la reducción significativa en el precio del cobre. A eso se suma una tercera razón doble: por un lado, una crisis de confianza en las instituciones, políticos y empresarios nunca antes vista y –por otro- incertidumbre generada a partir de reformas estructurales llevadas a cabo por la actual administración.

Pero hay un factor que ha sido recurrente en todos los momentos difíciles para el país en lo económico y en lo político: la existencia de instrumentos que canalicen recursos, como es el caso de Corfo, motor del emprendimiento y la innovación del país, a lo que se suman políticas públicas orientadas a fomentar, organizar y promover el uso de nuevas tecnologías coordinadamente entre el Estado, las instituciones privadas y las universidades.

Esos son los caminos que abren posibilidades importantes de liderazgo en la nueva sociedad. Al menos puede apreciarse que los países que hoy avanzan, o que tienen un crecimiento sostenido para que sus ciudadanos alcancen un mayor nivel de bienestar, son las que optan por la “economía del conocimiento”.

Chile es el país de la Ocde que menos invierte en investigación, desarrollo e innovación tecnológica. El Estado y el sector privado hasta el momento no han respondido al desafío. Al contrario, si bien ambos sectores trabajan en avanzar en estas materias, se hace sin mayor coordinación y sin definiciones de mediano y largo plazo que respondan a un proyecto país.

El reciente anuncio de la presidenta Bachelet sorprende, entonces, positivamente, ya que no se encontraba entre las medidas del programa de gobierno. Aún más, en algún momento se llegó a hablar de la creación de una subsecretaría de Ciencias, Innovación y Tecnología al alero del ministerio de Economía, lo que causó molestia tanto en el mundo científico como en el de emprendimiento, que veían en esta posibilidad el peligro de ver mediatizadas las políticas diseñadas bajo un ministerio que responde a otras lógicas.

Este anuncio sucede a una infinidad de estudios y de comisiones creadas en distintos gobiernos, que no quisieron o no pudieron asumir con decisión y con visión de futuro la tarea de institucionalizar lo que -claramente- es una necesidad: crear el ministerio de la Ciencia, Investigación y Tecnología, para apoyar el crecimiento, pero también un desarrollo armónico, justo y más equitativo de las personas, las empresas y el país.

Coordinación, debiera ser uno de los ejes rectores de esta nueva cartera, junto al de poner ciencia, innovación y tecnología al servicio de las comunidades y también de nuestra tierra que desde hace décadas necesita un mayor equilibrio medioambiental.

Los centros académicos también debieran ser parte de esa coordinación, así como los organismos técnicos y de gobierno central que administran recursos, fondos y becas.

Esperamos que este anuncio se lleve pronto a la práctica y que efectivamente en 2017 podamos contar con este ministerio, para que se reciban propuestas realizadas en diversas comisiones en las que participe el Estado, las organizaciones de emprendedores y universidades.

Un país con un ministerio de Ciencia y Tecnología no sólo avanza entre sus pares, sino que fortalece la exportación de servicios, en los cuales Chile llevó la delantera en la región; y abre un mundo a todas las pequeñas y medianas empresas, muchas de las cuales están constituidas por jóvenes llenos de energía y pasión por transformar a Chile y que basan sus proyectos en la tecnología, en su sentido más amplio.

www.innovación.cl